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Formación y competencias personales

Formación en habilidades blandas para equipos: competencias clave para las empresas

Las empresas invierten cada vez más en tecnología, procesos y conocimiento técnico. Sin embargo, una parte importante de los resultados de un equipo sigue dependiendo de capacidades que no son estrictamente técnicas: comunicar con claridad, colaborar, liderar, tomar decisiones, adaptarse a los cambios o gestionar adecuadamente los conflictos.

Son las denominadas habilidades blandas o soft skills, competencias personales y relacionales que influyen directamente en la forma en la que las personas trabajan con otras personas y responden ante situaciones profesionales complejas.

Por eso, la formación en habilidades blandas para empresas y equipos ha dejado de ser un complemento para convertirse en una herramienta de desarrollo profesional especialmente relevante en organizaciones que necesitan equipos más autónomos, adaptables y preparados para asumir nuevas responsabilidades.

Pero formar en estas competencias exige algo más que impartir contenidos teóricos. Para conseguir cambios aplicables al puesto de trabajo es necesario identificar qué necesita realmente el equipo, entrenar comportamientos concretos y facilitar que el aprendizaje se traslade al día a día profesional.

Formación y competencias personales

¿Qué son las habilidades blandas en el entorno profesional?

Las habilidades blandas —también denominadas soft skills, competencias personales, interpersonales o socioemocionales— son capacidades que determinan cómo una persona se comunica, colabora, lidera, gestiona sus emociones, afronta problemas y se adapta a diferentes situaciones.

A diferencia de las hard skills o competencias técnicas, no están vinculadas exclusivamente a una profesión determinada. Son competencias transversales que pueden influir en el desempeño de profesionales de prácticamente cualquier área y nivel de responsabilidad.

Por ejemplo, una persona puede disponer de excelentes conocimientos técnicos y, al mismo tiempo, encontrar dificultades para delegar, proporcionar feedback, defender una propuesta, coordinar a otras personas o gestionar un desacuerdo.

Precisamente por ese carácter transversal, las empresas pueden trabajar estas competencias mediante programas específicos de formación y desarrollo de competencias personales.

Si quieres profundizar en el concepto, sus características y ejemplos, puedes consultar nuestra guía sobre qué son las habilidades blandas y cómo entrenarlas.

¿Por qué las empresas necesitan formar en habilidades blandas?

La transformación tecnológica está aumentando la importancia del conocimiento digital, pero no está reduciendo la necesidad de competencias humanas. En muchos casos ocurre precisamente lo contrario.

El Future of Jobs Report 2025 del World Economic Forum, elaborado a partir de las respuestas de más de 1.000 grandes empleadores, señala que el 39 % de las competencias clave requeridas en el mercado laboral podrían cambiar de aquí a 2030.

Entre las competencias que las empresas consideran fundamentales aparecen el pensamiento analítico, la resiliencia, la flexibilidad, la agilidad, el liderazgo, la influencia social, el pensamiento creativo, la motivación, el autoconocimiento, la empatía y la escucha activa.

Además, el informe estima que, si representáramos la fuerza laboral mundial mediante un grupo de 100 trabajadores, 59 necesitarían procesos de formación, actualización o recualificación antes de 2030.

La OCDE también señala que la formación en competencias sociales y emocionales está adquiriendo mayor presencia en las empresas y que los programas de soft skills suelen abordar áreas como comunicación y feedback, gestión de conflictos, cooperación, liderazgo y habilidades directivas.

La cuestión, por tanto, no es elegir entre competencias técnicas y personales. Las organizaciones necesitan ambas.

El conocimiento técnico permite realizar el trabajo; las competencias personales influyen en cómo ese conocimiento se aplica, se comunica y se coordina con el de otras personas.

¿Qué habilidades blandas conviene desarrollar en los equipos?

No existe una lista idéntica para todas las empresas. Las competencias que conviene entrenar dependen de la actividad, de las responsabilidades de los profesionales y de las necesidades concretas de cada organización.

Sin embargo, algunas aparecen de manera recurrente en los programas de formación para equipos.

1. Comunicación efectiva

Una comunicación profesional eficaz implica mucho más que transmitir información.

Supone saber escuchar, estructurar un mensaje, adaptar la comunicación al interlocutor, formular peticiones, expresar desacuerdos, ofrecer feedback y comprobar que la otra persona ha comprendido correctamente lo que queremos transmitir.

Una parte importante de los problemas de coordinación dentro de las organizaciones puede estar relacionada con mensajes ambiguos, expectativas no explicitadas o dificultades para mantener determinadas conversaciones.

2. Liderazgo

La formación del liderazgo resulta especialmente relevante para directivos, responsables de equipo y profesionales que están comenzando a asumir responsabilidades sobre otras personas.

Liderar implica desarrollar competencias como:

  • Comunicar objetivos y prioridades.
  • Delegar de forma adecuada.
  • Tomar decisiones.
  • Proporcionar feedback.
  • Motivar y acompañar al equipo.
  • Gestionar conversaciones difíciles.
  • Resolver conflictos.
  • Adaptar el estilo de liderazgo a diferentes personas y situaciones.

Estas habilidades pueden entrenarse. En nuestro artículo sobre liderazgo y gestión de equipos analizamos con mayor detalle cómo influyen en el funcionamiento y rendimiento de los equipos.

3. Inteligencia emocional

Las emociones forman parte del entorno profesional, especialmente cuando existen presión, incertidumbre, cambios, discrepancias o responsabilidades elevadas.

Trabajar la inteligencia emocional permite desarrollar capacidades relacionadas con el autoconocimiento, la autorregulación, la empatía y la gestión de las relaciones interpersonales.

No se trata de eliminar las emociones del trabajo, sino de aprender a reconocerlas y gestionarlas de manera que no interfieran innecesariamente en la toma de decisiones o en la relación con otras personas.

4. Trabajo en equipo y colaboración

Trabajar junto a otras personas no significa necesariamente trabajar bien en equipo.

Los equipos eficaces necesitan objetivos claros, coordinación, confianza, responsabilidades definidas y mecanismos adecuados para compartir información y resolver diferencias.

La formación puede ayudar a entrenar competencias individuales que facilitan esa colaboración. Cuando la necesidad está relacionada con la dinámica del equipo en su conjunto, puede ser conveniente complementarla con un proceso específico de coaching de equipos.

5. Gestión de conflictos

Los desacuerdos son inevitables en cualquier organización en la que diferentes personas tengan que tomar decisiones y coordinarse.

El problema no es necesariamente la existencia del conflicto, sino cómo se gestiona.

Aprender a escuchar posiciones diferentes, separar el problema de la persona, expresar desacuerdos con asertividad y buscar soluciones facilita que determinadas diferencias puedan resolverse antes de deteriorar las relaciones profesionales.

6. Adaptabilidad y gestión del cambio

Los profesionales trabajan actualmente en entornos sometidos a modificaciones tecnológicas, organizativas y competitivas continuas.

La adaptabilidad implica revisar hábitos, aprender nuevas herramientas, afrontar situaciones desconocidas y ajustar la forma de trabajar cuando el contexto cambia.

No significa aceptar cualquier cambio sin criterio, sino disponer de recursos para comprenderlo, gestionarlo y responder de forma eficaz.

7. Resolución de problemas y toma de decisiones

Identificar correctamente un problema, analizar información, valorar alternativas y decidir son competencias esenciales en numerosos puestos.

Cuanto mayor es la autonomía o responsabilidad profesional, mayor importancia adquiere la capacidad para tomar decisiones sin caer en la impulsividad, la parálisis por análisis o la delegación constante de decisiones que deberían asumirse personalmente.

8. Asertividad

La asertividad permite expresar opiniones, necesidades, límites y desacuerdos de manera clara y respetuosa.

Es especialmente útil para gestionar conversaciones delicadas, negociar prioridades, decir no cuando es necesario, solicitar cambios o intervenir ante comportamientos que están afectando al trabajo.

Cómo saber qué habilidades blandas necesita realmente un equipo

Uno de los errores más frecuentes en formación empresarial es seleccionar primero el curso y preguntarse después para qué puede servir.

El proceso debería realizarse en sentido contrario.

Primero se identifica la necesidad de la organización y después se determina qué competencia o comportamiento es necesario desarrollar.

Por ejemplo:

  • Si existen dificultades entre departamentos, puede ser necesario trabajar comunicación, coordinación o gestión de conflictos.
  • Si los mandos intermedios acumulan demasiado trabajo, puede existir una necesidad relacionada con delegación y liderazgo.
  • Si un equipo evita tomar decisiones sin autorización constante, puede ser necesario trabajar autonomía y toma de decisiones.
  • Si una organización está afrontando una transformación importante, pueden adquirir mayor relevancia la adaptabilidad, la comunicación y la gestión del cambio.
  • Si los responsables encuentran dificultades para corregir comportamientos o transmitir expectativas, puede ser necesario trabajar feedback y conversaciones difíciles.

Cuanto mejor definido esté el problema inicial, más preciso podrá ser el programa de formación.

Cómo diseñar una formación en habilidades blandas eficaz

Las competencias personales tienen una particularidad: no se desarrollan únicamente escuchando una explicación.

Comprender conceptualmente qué es la escucha activa, por ejemplo, es diferente de saber utilizarla durante una conversación real en la que existen tensión, desacuerdo o presión.

Por eso, una formación eficaz debería incorporar varias fases.

1. Analizar las necesidades

Antes de comenzar es necesario comprender el contexto de la empresa, las funciones de los participantes, las situaciones que están generando dificultades y los resultados que se quieren conseguir.

2. Definir comportamientos observables

Conceptos como liderazgo o comunicación son demasiado amplios si no se traducen en conductas concretas.

Por ejemplo, trabajar liderazgo puede significar mejorar la delegación, aprender a proporcionar feedback o gestionar reuniones de una manera más eficaz.

3. Evaluar el punto de partida

Siempre que resulte adecuado, conviene identificar fortalezas y áreas de mejora antes de iniciar el entrenamiento.

La evaluación puede realizarse mediante entrevistas, cuestionarios, ejercicios, observación, feedback o metodologías más estructuradas en función del proyecto.

4. Entrenar, no únicamente explicar

Las habilidades personales se desarrollan mediante práctica.

Casos, ejercicios, simulaciones, role playing, dinámicas y situaciones basadas en el entorno real de los participantes permiten experimentar diferentes formas de actuar y comprobar sus consecuencias.

5. Proporcionar feedback

La práctica es mucho más útil cuando está acompañada de observación y feedback profesional.

Esto permite identificar comportamientos que la propia persona puede no percibir y ensayar alternativas más eficaces.

6. Facilitar la transferencia al puesto de trabajo

El objetivo final no es realizar correctamente un ejercicio durante la formación, sino utilizar la competencia posteriormente en situaciones profesionales reales.

Para ello puede ser útil establecer compromisos de aplicación, objetivos concretos y mecanismos de seguimiento.

Formación práctica frente a cursos genéricos de soft skills

Un curso general puede resultar útil para introducir conceptos, pero cuando una empresa pretende modificar comportamientos concretos suele ser necesaria una mayor adaptación.

Una formación dirigida a equipos debería tener en cuenta aspectos como:

  • Sector y actividad de la organización.
  • Responsabilidades de los participantes.
  • Nivel de experiencia.
  • Situaciones profesionales habituales.
  • Cultura de la empresa.
  • Problemas o necesidades identificados.
  • Objetivos que se quieren conseguir.

Por ejemplo, una formación en comunicación para un comité de dirección no debería plantearse exactamente igual que una formación dirigida a profesionales que trabajan en atención al cliente.

La competencia puede ser la misma, pero las situaciones, responsabilidades y comportamientos que deben entrenarse son diferentes.

Formación en liderazgo para responsables y directivos

Dentro de la formación en habilidades blandas, el desarrollo del liderazgo merece una atención específica.

Es habitual que un profesional acceda a una posición de responsabilidad debido a su experiencia o capacidad técnica. Sin embargo, dirigir personas exige competencias adicionales que no siempre han sido entrenadas previamente.

Un buen especialista no se convierte automáticamente en un buen responsable de equipo.

La formación en liderazgo puede ayudar a trabajar cuestiones como:

  • Cómo pasar de ejecutar a dirigir.
  • Cómo establecer expectativas.
  • Cómo delegar sin perder el seguimiento.
  • Cómo proporcionar feedback.
  • Cómo mantener conversaciones difíciles.
  • Cómo adaptar el liderazgo a diferentes profesionales.
  • Cómo gestionar prioridades.
  • Cómo fomentar autonomía y responsabilidad.

Además, no existe un único modo eficaz de liderar. Conocer los diferentes tipos de liderazgo permite comprender las fortalezas y limitaciones de cada estilo y aprender a adaptarlo a diferentes circunstancias.

¿Formación o coaching para desarrollar soft skills?

Formación y coaching pueden contribuir al desarrollo de competencias personales, pero no cumplen exactamente la misma función.

La formación resulta especialmente adecuada cuando varias personas necesitan adquirir conocimientos, herramientas y entrenar determinadas competencias.

El coaching, por su parte, permite trabajar de manera más individualizada sobre objetivos, situaciones y comportamientos concretos del profesional.

Por ejemplo, una empresa puede desarrollar un programa de formación en liderazgo para todos sus responsables y complementar posteriormente el proceso con coaching ejecutivo para determinados directivos que necesiten profundizar en retos específicos.

En nuestro artículo sobre coaching para potenciar habilidades y soft skills explicamos con mayor detalle el papel que puede desempeñar el coaching en el desarrollo de estas competencias.

Errores frecuentes en la formación de habilidades blandas

Elegir una formación porque el tema está de moda

La formación debería responder a una necesidad, no simplemente a una tendencia.

Que una competencia sea importante no significa que sea necesariamente la prioridad para todos los equipos.

Plantear objetivos demasiado generales

“Mejorar la comunicación” o “ser mejores líderes” son aspiraciones, pero no objetivos suficientemente concretos.

Es necesario determinar qué comportamientos deberían cambiar después de la formación.

Exceso de teoría

Las habilidades blandas necesitan experimentación y entrenamiento.

Una formación fundamentalmente expositiva puede transmitir conocimiento, pero tendrá mayores dificultades para modificar conductas.

No adaptar los ejemplos a la realidad profesional

Los participantes aprenden mejor cuando pueden reconocer en los ejercicios situaciones similares a las que encuentran en su actividad habitual.

No realizar seguimiento

Una competencia no se consolida necesariamente al terminar una sesión.

Aplicar lo aprendido, revisar dificultades y mantener determinados comportamientos a lo largo del tiempo forma parte del proceso de desarrollo.

Cómo evaluar una formación en competencias personales

Medir una formación en soft skills no significa intentar convertir cualquier cambio en una cifra.

La evaluación debe estar relacionada con los objetivos establecidos al inicio.

Pueden observarse, entre otros aspectos:

  • Adquisición de conocimientos y herramientas.
  • Cambios en determinados comportamientos.
  • Mayor autonomía.
  • Mejor utilización del feedback.
  • Evolución en la forma de gestionar conflictos.
  • Calidad de las reuniones.
  • Capacidad para delegar.
  • Mejor coordinación entre profesionales.
  • Aplicación de las herramientas aprendidas.

La evaluación resulta especialmente útil cuando se establece desde el principio qué se pretende mejorar y qué indicadores permitirán observar la evolución.

Formación en habilidades blandas para empresas y equipos en Madrid

En Grupo Luria desarrollamos programas de formación en competencias personales dirigidos a profesionales y organizaciones.

Trabajamos desde un enfoque psicológico y práctico, identificando las necesidades de los participantes y utilizando metodologías de aprendizaje activo como talleres, ejercicios, simulaciones y dinámicas para facilitar el entrenamiento de las competencias.

Entre las áreas que pueden trabajarse se encuentran la comunicación efectiva, liderazgo, inteligencia emocional, trabajo en equipo, resolución de problemas, adaptabilidad y otras competencias profesionales.

Los programas pueden plantearse teniendo en cuenta las características de la empresa, los perfiles participantes y los objetivos de desarrollo identificados.

Grupo Luria cuenta además con profesionales con amplia experiencia en formación y desarrollo de competencias en organizaciones de diferentes sectores, así como en proyectos in-company.

¿Quieres desarrollar las habilidades personales de tu equipo? Contacta con Grupo Luria para analizar las necesidades de tu organización y diseñar un programa de formación adaptado.

 

Inteligencia emocional en el trabajo

Inteligencia emocional en el trabajo: qué es y cómo desarrollarla

 

La mayoría de los conflictos que se enquistan en un equipo no nacen de un problema técnico, sino de cómo se gestionan las emociones que lo rodean: una crítica mal encajada, una tensión que nadie nombra, una decisión tomada desde el enfado. La inteligencia emocional en el trabajo es, precisamente, la competencia que marca la diferencia en esas situaciones. Y la buena noticia es que no es un rasgo fijo de personalidad: se puede entrenar.

En este artículo explicamos qué es la inteligencia emocional, por qué se ha convertido en una de las competencias más valoradas en el entorno profesional, cuáles son sus componentes y cómo empezar a desarrollarla de forma práctica.

Inteligencia emocional en el trabajo

Qué es la inteligencia emocional: definición

La definición más aceptada describe la inteligencia emocional como la capacidad de reconocer, comprender y gestionar las propias emociones, y de percibir y responder de forma adecuada a las emociones de los demás. La relación entre inteligencia emocional y trabajo es directa: implica ser conscientes de cómo lo que sentimos influye en nuestras decisiones, en nuestra comunicación y en la relación con compañeros, clientes o colaboradores.

Conviene aclarar un malentendido frecuente: tener inteligencia emocional no significa reprimir lo que sentimos ni mantener una calma artificial en todo momento. Significa ser capaces de identificar la emoción, entender qué información nos está dando y decidir cómo actuar, en lugar de reaccionar de forma automática. Esa diferencia —responder en vez de reaccionar— es la que se nota en una reunión difícil, en una negociación o en la gestión de un error.

El concepto se popularizó a partir del trabajo del psicólogo Daniel Goleman, quien defendió que el cociente intelectual explica solo una parte del desempeño profesional, y que las competencias emocionales tienen un peso decisivo en el éxito laboral, especialmente en los puestos que implican coordinar o dirigir personas.

Por qué importa la inteligencia emocional en la empresa

Prácticamente todo lo que ocurre en una empresa pasa por interacciones entre personas. Por eso la inteligencia emocional no es una habilidad «blanda» en el sentido de secundaria: es transversal a la comunicación, la colaboración y el liderazgo, y sus efectos se observan en varios planos del entorno laboral:

  • Clima y relaciones de equipo. Los equipos donde las personas saben expresar desacuerdos sin agresividad y encajar críticas sin ponerse a la defensiva generan más confianza y cooperan mejor.
  • Resolución de conflictos. Comprender la perspectiva y las necesidades de la otra parte permite abordar los desacuerdos como problemas a resolver, no como batallas que ganar.
  • Gestión del estrés y prevención del desgaste. Identificar a tiempo señales como la irritabilidad, la sobrecarga o la desmotivación ayuda a regularlas antes de que deriven en agotamiento.
  • Toma de decisiones. Reconocer desde qué estado emocional estamos decidiendo —prisa, miedo, euforia— reduce errores y precipitaciones.
  • Liderazgo. Las personas que dirigen equipos marcan el tono emocional del grupo: su forma de comunicar cambios, reconocer el trabajo o gestionar la presión influye directamente en la motivación y el rendimiento de los demás.

No es casualidad que los ejemplos de liderazgo que suelen citarse como referentes tengan un denominador común: directivas como Anne Mulcahy en Xerox o Indra Nooyi en PepsiCo revirtieron situaciones complejas escuchando a sus equipos, reconociendo el trabajo de las personas y construyendo confianza, antes que imponiendo medidas. La inteligencia emocional, en estos casos, no fue un complemento del liderazgo: fue la estrategia. De hecho, en perfiles directivos estas competencias suelen trabajarse de forma individualizada mediante procesos de coaching ejecutivo.

Los cinco componentes de la inteligencia emocional

El modelo de Goleman, que sigue siendo la referencia más utilizada, distingue cinco competencias que se pueden observar —y entrenar— por separado:

1. Autoconocimiento

Es la base de todo lo demás: identificar qué sentimos, con qué intensidad y cómo influye en nuestro comportamiento. En el trabajo se traduce en saber reconocer, por ejemplo, que estamos irritables por acumulación de tareas y que quizá no es el mejor momento para responder ese correo.

2. Autorregulación

Es la capacidad de gestionar las emociones una vez identificadas: darnos tiempo antes de responder, modular la frustración ante un imprevisto o mantener la serenidad en una conversación tensa. También incluye algo que a menudo se olvida: saber pedir ayuda cuando la situación nos desborda.

3. Motivación

Se refiere a la capacidad de orientar las emociones hacia los objetivos: sostener el esfuerzo, mantener la iniciativa en los proyectos asumidos y recuperarse de los contratiempos sin instalarse en el desánimo.

4. Empatía

Es la habilidad de comprender la perspectiva y el estado emocional de las otras personas: detectar que un compañero está sobrepasado aunque no lo diga, o entender qué hay detrás de la resistencia de un cliente. La empatía no implica estar de acuerdo, sino comprender antes de responder.

5. Habilidades sociales

Es la dimensión más visible: comunicar con claridad, influir, negociar, dar y recibir feedback, y cooperar dentro de un grupo. Se apoya en todas las anteriores: es difícil comunicar bien lo que no hemos sabido identificar ni regular primero.

Cómo entrenar la inteligencia emocional en el trabajo

Como cualquier competencia, la inteligencia emocional se desarrolla con práctica deliberada, no solo leyendo sobre ella. Algunas vías con respaldo en la práctica profesional:

  • Practicar la escucha activa. Escuchar para comprender —y no solo para responder— es probablemente el entrenamiento más directo de la empatía.
  • Trabajar la comunicación asertiva. Expresar opiniones, desacuerdos y límites de forma clara y respetuosa es la aplicación práctica de la autorregulación y las habilidades sociales en el día a día profesional.
  • Llevar un registro emocional. Anotar durante unas semanas qué situaciones laborales nos activan emocionalmente y cómo reaccionamos revela patrones que de otro modo pasan desapercibidos, y es el punto de partida del autoconocimiento.
  • Introducir pausas antes de responder. Un gesto tan simple como no contestar en caliente —un correo, un comentario, una crítica— y volver sobre ello con distancia entrena la autorregulación de forma muy concreta.
  • Pedir feedback y encajarlo. Preguntar a personas de confianza cómo nos perciben en situaciones de tensión aporta una información que la autoobservación, por sí sola, no da.
  • Practicar la atención plena. Las técnicas de mindfulness y de regulación de la atención mejoran la capacidad de observar la propia emoción sin dejarse arrastrar por ella.
  • Formarse de manera estructurada. Los programas de formación permiten trabajar estas habilidades de forma guiada, con práctica y feedback profesional. En Grupo Luria lo hacemos a través de nuestra formación en competencias personales, orientada a profesionales y equipos que quieren mejorar su forma de comunicarse, colaborar y liderar.

La inteligencia emocional forma parte del conjunto de habilidades blandas que hoy los departamentos de recursos humanos valoran tanto o más que los conocimientos técnicos: se pueden aprender más tarde los segundos, pero es la competencia emocional la que determina cómo trabajamos con otras personas.

Preguntas frecuentes

¿La inteligencia emocional es algo innato o se puede aprender?

Aunque existen diferencias individuales de partida, la evidencia y la práctica profesional coinciden en que las competencias emocionales se pueden entrenar a cualquier edad, igual que otras habilidades: con autoobservación, práctica deliberada y feedback.

¿Qué diferencia hay entre inteligencia emocional y empatía?

La empatía es uno de los cinco componentes de la inteligencia emocional. Una persona puede ser muy empática y, sin embargo, tener dificultades para regular sus propias emociones; la inteligencia emocional integra ambas dimensiones: la propia y la interpersonal.

¿Cómo se nota la falta de inteligencia emocional en un equipo?

Algunas señales habituales son la dificultad para encajar críticas, las reacciones desproporcionadas ante errores, los conflictos recurrentes que no se resuelven, un clima tenso y una comunicación en la que las cosas importantes no se dicen o se dicen mal.

¿Por qué es tan importante para liderar?

Porque quien lidera no solo gestiona tareas: gestiona personas y, con ellas, emociones. La forma en que un líder comunica, reconoce el trabajo o afronta la presión condiciona la motivación, la confianza y el rendimiento de todo el equipo.

En resumen

La inteligencia emocional en el trabajo es la capacidad de identificar y gestionar las propias emociones y de responder adecuadamente a las de los demás en el entorno profesional. Se compone de cinco elementos —autoconocimiento, autorregulación, motivación, empatía y habilidades sociales—, influye directamente en el clima laboral, la resolución de conflictos y la calidad del liderazgo, y, sobre todo, se puede entrenar con práctica deliberada, feedback y formación estructurada.

Entrena tu inteligencia emocional con Grupo Luria

Si quieres desarrollar la inteligencia emocional en tu entorno profesional —a título individual o como equipo—, en Grupo Luria diseñamos programas de formación en competencias personales adaptados a cada contexto laboral, impartidos por profesionales de la psicología. Para saber más sobre el papel de la psicología en el desarrollo de estas competencias, puedes consultar también el Consejo General de la Psicología de España.